Hermanos, ¡qué grande es el mandamiento de amar al prójimo, la perfección del amor! Pero yo os digo: «No os enojéis», porque quien insulte a su hermano será condenado por el Sanedrín. Pero quien lo haya llamado necio, quien le haya hecho daño y haya obstaculizado la misión que le he confiado, será condenado por Dios.
Es inútil hacer ofrendas en el altar si primero no habéis sacrificado vuestros resentimientos en vuestro corazón por amor a Dios y no habéis realizado el rito de aprender a perdonar.
Por lo tanto, si cuando estéis a punto de ofrecer algo a Dios sabéis que habéis agraviado a vuestro hermano o guardáis resentimiento por una falta suya, dejad vuestra ofrenda ante el altar; primero haced el sacrificio de vuestro propio amor propio, y solo entonces presentad vuestra ofrenda.
El arreglo amistoso es siempre el mejor camino a seguir. El juicio humano no es fiable, y aquellos que lo desafían obstinadamente pueden perder su caso y verse obligados a pagar a su adversario hasta la última moneda, o sufrir.
En todas las cosas, elevad vuestra mirada a Dios y preguntaos: «¿Tengo el derecho de hacerles a los demás lo que Dios no me hace a mí?». Porque Dios no es tan implacable y obstinado como vosotros. ¡Ay de vosotros si lo fuera! Nadie se salvaría. Que esta reflexión os conduzca a sentimientos de dulzura, humildad y compasión. Y entonces no os faltará la recompensa de Dios, aquí y más allá, y Su justicia será grande.
Vuestro Maestro.
Reflexión sobre el mensaje:
Jesús nos ofrece un pasaje del Evangelio que merece ser leído con calma, meditado y luego puesto en práctica. Tendremos que rendir cuentas a Dios cada vez que nos enojemos con un hermano, un amigo o un compañero de trabajo. El juicio de Dios será aún más severo si después le decimos a un discípulo o profeta del Señor que está "loco".
Lo que Jesús nos pide es que perdonemos, que renunciemos a nuestro amor propio, a nuestro orgullo, pero sobre todo a nuestra arrogancia —el pecado más grave, que fue lo que caracterizó a Satanás en el momento de su rebelión contra Dios.
Debemos ser humildes, mansos y tranquilos, y buscar siempre la reconciliación en los conflictos, evitando la confrontación con todos.
Cuando oigamos a la gente decir: "Dios no es justo", recordemos estas palabras de Jesús: si Dios fuera justo, nadie se salvaría. Pero Dios es misericordioso; Él es amor, y antes de actuar como juez, nos deja libres, con la esperanza de que volvamos a Él con un corazón como el suyo.
Fuente: ➥ LaReginaDelRosario.org